sábado, 24 de abril de 2010

LA HERIDA NECESARIA









Dentro del marco de la educación, sobre todo de los niños, en muchas ocasiones proporcionamos una atención, un cuidado o una protección a las personas que no se ajusta a sus verdaderas necesidades.

Educar es el arte de dar, a cada cual, lo que necesita en cada momento. Por esta razón, esta tarea trasciende el ámbito educativo para convertirse en una realidad que recorre todo nuestro espacio vital.

Hoy vamos a hablar sobre lo que puede ocurrir cuando una persona ha recibido una atención excesiva, cuando ha sido sobreprotegida, mimada o consentida, cuando hemos dado según nuestro deseo más que atendiendo a la genuina necesidad del otro. En tal situación, la persona construye una imagen de sí misma coherente con su propia experiencia pero totalmente distorsionada respecto al funcionamiento de un mundo que aún desconoce.

Son los demás, y no yo, los que se mueven rápidamente cuando necesito algo; son los demás, y no yo, los que se anticipan a mis necesidades; son los demás, y no yo, los que deciden por mí; son los demás, y no yo, los responsables de mi vida...

Pero ahora no sé desenvolverme cuando necesito algo; incluso desconozco, incluso, cuáles son mis propias necesidades. Aunque todo ha girado en torno a mí, desconozco verdaderamente quien soy. No existo sin la mirada del otro, tengo dificultades para decidir y mi tolerancia a la frustración es mínima porque, sencillamente, no estoy acostumbrado a ella: un gigante con los pies de barro, una aparente omnipotencia reflejo de la vulnerabilidad y la dependencia.

Más tarde o más temprano, hay un momento crucial que divide nuestra vida en un antes y un después. Se produce el hecho inaudito que tambalea la estructura de nuestra personalidad, una nueva realidad, un nuevo contexto, que ahora exige lo que no puedo dar. En este momento, más alejado de la protección de antaño, la nueva realidad muestra un rostro que daña la expectativa más oculta. Este choque inesperado puede variar en grado, según cada persona, pero suele ser brusco y causar una gran cantidad de sufrimiento.

La vía del cambio pasa por una adaptación progresiva a la realidad, superando nuestra resistencia al cambio, que suponga un reajuste del esquema mental. Lo que ahora es una brecha abierta y profunda pudo ser, y no fue, una herida necesaria al narcisismo que nunca hay que evitar.

Otra forma de SER es posible

miércoles, 7 de abril de 2010

LA CONDUCTA AUTORITARIA (I)






Cuando hablamos de una actitud autoritaria casi todos sabemos a qué nos estamos refiriendo. Si tuviéramos que describir, de una forma sencilla, el libretto en el que se desenvuelven este tipo de actitudes descubriríamos a dos personas complementarias que representan un drama en distintos actos: la persona autoritaria y la persona que es sometida o se somete a aquella.

Existe al menos cuatro aspectos que son nucleares para perfilar completamente este tipo de situaciones.

El primero de ellos es la importancia que para la persona sometida tiene la persona que le insta a actuar de una forma determinada.

El segundo de ellos es la sistematicidad del tipo de relación: sistemáticamente, la otra persona está "arriba" y yo "abajo". Este tipo de relaciones las he denominado relaciones asimétricas. Además, de forma implícita, estamos asumiendo que mantenemos un contacto regular con la persona en cuestión.

El tercer factor, junto con el cuarto, son los elementos caracterizadores de una relación de sumisión o sometimiento.
Por un lado, la persona autoritaria recibe, de forma regular, el mayor beneficio resultante de la relación. No es que la persona sometida no obtenga nada a cambio sino que el balance es objetivamente desproporcionado; sin embargo, aunque objetivamente asimétrico, la propia naturaleza de este tipo de relaciones puede adulterar, distorsionar la percepción que se tiene de ella. Es por esta razón por la que, en muchas ocasiones, la persona sometida "no ve".

El cuarto y último aspecto, el más caracterizador de este tipo de relaciones, es el motivo explícito o implícito para obedecer, nuestra motivación última para acatar la voluntad de otra persona: el miedo, consciente o inconsciente, a no obedecer. Este factor nos sirve para diferenciar otros tipos de relaciones también de tipo asimétrico pero que no tienen este elemento amenazador como aspecto distintivo. Si, por ejemplo, una persona nos está enseñando cómo utilizar el correo electrónico, mi motivación es aprender, mejorar la forma de comunicarme con los otros. En este caso, no tengo miedo sino ilusión, ganas y complicidad con la persona que me está enseñando.

En resumen, en la actitud autoritaria:
- Existe una relación de asimetría entre dos personas
- La persona autoritaria es relevante para la persona sometida
- Los beneficios de la relación son desproporcionados
- La motivación para obedecer es el miedo

Asimetría, relevancia, desproporción y miedo.


Otra forma de SER es posible.