lunes, 17 de mayo de 2010

MODELOS INDUCIDOS (I)








Nacemos.



Salgo a un nuevo mundo dejando atrás el espacio seguro y cálido que, durante nueve meses, ha sido el hogar que contempló mi primer y verdadero nacimiento.
Llenos de necesidades, con el grito de nuestro llanto como único reclamo pero dotados de unas posibilidades que, bien orientadas, nos servirán para adaptarnos a la nueva realidad.




Al momento en el que salimos de otro cuerpo, nuestra madre biológica, lo llamamos nacimiento aunque, en realidad, se trata de un renacimiento, un nuevo punto de referencia que recuerda al anterior y desde el que contabilizamos nuestra edad externa. Hoy, por ejemplo, cumplo 42 años pero, en realidad, mi verdadera edad son 42 años y 9 meses aproximadamente.



Los primeros años de la existencia son los más críticos, los más importantes de la vida porque las experiencias que tengamos en esta etapa no nos determinarán pero sí marcaran, para bien o para menos bien, algunas de las tendencias de nuestra personalidad. Ello es así porque nuestra naturaleza biológica está configurada de tal forma que, al principio, necesitemos la menor cantidad de experiencia repetida de un suceso para hacernos una idea aproximada de éste. Esta poderosa herramienta que es nuestra fuerza inductiva, la capacidad para construir una idea general a partir de unas pocas experiencias particulares, es un arma de doble filo que hay que tener muy en cuenta. Es el problema de la inducción.

"He experimentado repetidamente en los primeros años de mi vida, y quizá posteriormente, que no cumplir con lo que se espera de mi trae como consecuencia que mi madre o mi padre se enfaden conmigo. Este tipo de castigo es el más desagradable porque desaparece algo que, para mi, es muy importante: el amor de mis padres, un valor material y psicológico.

Obedecer es la condición de mi bienestar o, por lo menos, la garantía que me evita un malestar; desobedecer, en cambio, me acerca al abismo.

Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Obediencia y Amor. Amor y Obediencia.

La asociación repetida de esta experiencia va construyendo la semántica subjetiva del amor, de mi concepto de amor. Ergo, estos los mandamientos:

Sólo obedeciendo accedo al amor.
No hay amor sin sumisión porque no puedo ser amado sin renunciar previamente a mi.
No hay amor propio porque yo no soy quien otorga el amor.
Acepto el amor si, previamente, he cumplido las expectativas.
Rechazo, o no reconozco el amor, que no es el fruto maduro de mi autonegación y entrega incondicional a los otros: Su misión es sumisión".


Ello, naturalmente no tiene por qué ser así. La obediencia ciega no es el precio del amor pero mi experiencia temprana está determinando esta ilusión de ser así con ellos y, ahora, con todos. Es el problema de la inducción.

Otra forma de SER es posible.