miércoles, 7 de marzo de 2012

EL MODELO MÉDICO ORTODOXO
















Hace tiempo, ir a un psicólogo era considerado una realidad que se debía ocultar por sus negativas connotaciones.

Hoy en día las cosas han cambiado un poco y ya no tenemos tanto pudor para admitir que estamos acudiendo a un psicólogo; sin embargo, sigue siendo cierto que determinados contextos recalcitrantes presionan para que una realidad acuciante no salga a la luz, que son un tipo de armario.
No quisiera detenerme en estos aspectos que, no obstante, también tienen mucha importancia.

Mi interés hoy reside en señalar, denunciar y poner al descubierto una realidad arcaica, que sigue siendo vigente y poderosa.

Se trata del modelo, que sirve de crisol inspirador en la praxis de muchos psicólogos profesionales: el modelo médico. Como tal, contiene un lenguaje propio y una forma concreta de interpretar el sufrimiento psicológico o los desajustes de la conducta: toda una filosofía.

Entonces, el cliente es un PACIENTE que acude a una CONSULTA de PSICOTERAPIA para ser EVALUADO por un EXPERTO que prescribe un TRATAMIENTO según determinadas manifestaciones CLÍNICAS.

Al definir a la persona que acude a una consulta como PACIENTE, manifestamos una percepción predominantemente pasiva del cliente respecto al sufrimiento. El locus causal de lo que ocurre se encuentra fuera; entonces, es el EXPERTO el que decide, o hace en mí, a través de su intervención. Paradójicamente, soy lego en mí.

Si vamos a PSICO-TERAPIA, asumimos implícitamente que nuestra mente, al igual que ocurre con el cuerpo, está enferma. Estamos enfermos ergo podemos asumir el rol correspondiente y desplegar unas expectativas, respecto a los demás, que nos consoliden como tal.

La CONSULTA es el efecto de consultar además del lugar de encuentro entre el profesional y la persona. Suele haber una mesa y tres sillas: una a un lado y dos al otro. La mesa, los títulos, las pruebas y el trato de "usted" suelen ser los elementos preceptivos que coadyuvan a una subyugada relación asimétrica.

La EVALUACIÓN se realiza apoyándose en gruesos e intimidantes manuales, elaborados principalmente por médicos, que incluyen la típica y adhesiva etiqueta. Entonces, el PACIENTE puede tener esto o aquello en función de unos criterios que se ajustan a una normalidad establecida a priori. Pero la etiqueta no suele apuntar a la causa sino a sus manifestaciones más visibles; y es a éstas, sin embargo, a donde se dirige el grueso del tratamiento clínico.

Está tan arraigado en nuestra cultura el modelo médico que nos nos hace apetecer, demandar, e incluso anticipar, una etiqueta explicativa que suponemos el preámbulo de la curación. Pero es importante caer en la cuenta de que la etiqueta no es ninguna explicación final de lo que nos pasa; por el contrario, sólo puede ser un concepto que, a modo de punta de icerberg, oriente nuestra investigación. Porque no debemos confundir la causa con sus manifestaciones.


TRATAMIENTO: en muchas ocasiones las pastillas toman el protagonismo y en otras tantas el abordaje superficial (conductual) de una situación humana; en cualquier caso, se está valorando la anormalidad como el conjunto de índices sintomáticos a paliar. Estoy a favor del abordaje sintomático en situaciones agudas o crónicas graves; sin embargo, su ab-uso se ha convertido en normalidad vigente.

Pienso que es un buen momento para empezar a asumir una mayor responsabilidad respecto a lo que nos pasa; delegando un menor peso en el exterior como el hipotético origen de nuestros males y bienes. Construyendo otra forma de SER posible.